¿Quién nos representa?

¿Caminamos sobre el filo de la tormenta? No podríamos llegar hasta esa visión apocalíptica, el sistema político colombiano tiene capacidad de maniobra sin que ponga en juego su modelo de poder, apenas está en crisis su forma de representación.

Salta, desde luego, en el debate político, la modalidad representativa de la racionalidad del poder, preguntándonos: ¿quién representa a quién, o tienen los de abajo quien los personifique?

¿Tiene la clase media quién intermedie sus demandas políticas, o son simplemente sus postulaciones una lógica que no le incomoda quien gobierne, siempre y cuando no perturbe sus ingresos económicos?

¿Los grandes grupos de poder encuentran en el modelo de gobierno complacencia política por cuanto no se han alterado las reglas de juego del esquema productivo y financiero?

¿El pueblo, que tradicionalmente vota por la partidocracia, se ha desligado de la protección, patrocinio y tutelaje de una Estado clientelar que le garantiza precariamente el presente y el futuro en el marco de una presunta independencia?

Lo que parece evidente es que no existe un volcamiento de la opinión pública hacia el populismo de izquierda o hacia el populismo de extrema derecha, que haga pensar al bloque de poder gobernante que puede haber un cambio de tercio como se dice en el ambiente taurino.

Es axiomático que donde hay poder hay resistencia, pero en el caso colombiano hemos pasado de la resistencia armada de un modelo marxista ortodoxo a una agenda conciliada que solo pretende llenar los espacios societales que la violencia desplazó.

El concepto de “revolución” quedó desintegrado, sin haber creado una sociabilidad empática, no caló en los sectores intelectuales ni en los campesinos; el ideal comunitario de sus postulados no llegó hasta el terreno del alma nacional, en sentido gregario, dionisiaco y de pertenencia. No estuvimos al borde de la revolución. Su defunción fue indudable y con ella la desaparición del sujeto redentor que proclamaba otro devenir histórico.

El mérito de haber cambiado la lucha de las armas por las propuestas políticas es una proeza positiva atribuible al Secretariado de Las Farc y el Presidente Santos, sin desconocer la enorme tarea de los negociadores, con De la Calle a la cabeza, que tampoco pierden crédito como gestores del hecho más trascendental del siglo.

Hubo ponderación del momento histórico. Particularmente la guerrilla aceptó que un secuestro y la voladura de alcantarillas no “podía incendiar una pradera”.

Admitir que el fin del conflicto militar estaba supeditado a una convivencia de carácter procesal y que las realidades sociales evolucionaban fue un recurso bien logrado por los actores confrontados.

Fueron las mutaciones mundiales las que permitieron repensar nuestro futuro hacia gobiernos que, sin cambiar su esencia capitalista, tuvieran “un rostro más humano”, aunque admitamos que el “capitalismo viene al mundo chorreando lodo y sangre, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies”.

Se admitió que el modelo político estaba averiado, no tanto por su carácter represivo sino por la naturaleza del neoliberalismo, con cuya aplicación se había desnaturalizado el Estado, al convertirse en un instrumento de la voracidad transnacional, como lo delataron los últimos acontecimientos.

Pretender que el capital no desborde los espacios éticos es una utopía, lo que no significa dejarlo al arbitrio de la inmoralidad y de los intereses multinacionales que son verdaderos protagonistas del despojo.

El reto es el de crear una ética política para vivir juntos, un comportamiento ceñido a las leyes, de crear un tejido social donde la solidaridad no sea un simple postulado constitucional, donde los de abajo, la clase media y el pensamiento crítico, puedan cambiar normativa y socialmente el criterio de representación democrática que ha sido una trampa fraudulenta a la Nación.

Estamos, para decirlo en un lenguaje contemporáneo, viviendo el “fin de la historia”, y no me refiero a Fukuyama, quien fuera asesor del Departamento de Estado, momento que debe crear condiciones para forjar unidad popular con el criterio de construir social democracia.

La historia de los sátrapas, ladinos y picaros, de la astucia admirada, del cinismo y la desvergüenza estatal debe concluir para dar paso a una democracia directa, representativa y popular.

Todos los partidos sin residuos tóxicos, que pasen el diagnóstico inmunológico de la corrupción, que le apunten a experiencias novedosas, que obren sin utopismos maximalistas y conformismos conservadores, están llamados a construir Nación.

El prerrequisito será el eliminar la opacidad de nuestra democracia, resignificar sus contenidos y ser capaces de crear una alternativa que no seduzca por el lenguaje del parcheo sino por la probada transparencia democrática, para que el voto se convierta en un ejercicio por primera vez apasionante.

Es la hora del surgimiento de otra forma concebir lo público. Se trata de fundar una manera distinta de relacionarse con lo colectivo y de expresar el rechazo frontal a la indolencia. Hasta pronto.

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