sobre Mocoa

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Maritza Zabala Rodríguez

La catástrofe que enluta hoy a Mocoa, el Putumayo y Colombia en general, define de la forma más cruda, los conceptos de desigualdad y vulnerabilidad.

La avalancha que golpeó a Mocoa, destruyó 17 barrios y ya deja, según cifras de la Unidad Nacional de Riesgo de Desastres (UNGRD), más de 250 víctimas fatales, 400 heridos, más de 200 desaparecidos  y miles de damnificados, pone al descubierto porque al buscar estadísticas de este departamento o sus municipios, se evidencian altas tasas de desempleo, bajo nivel de ingreso y pobreza de sus gentes, déficit de vivienda digna, urbanización y periferización desordenadas, sumadas a la falta de políticas ajustadas y planeación en lo territorial.

Nadie espero el desbordamiento de los ríos Mocoa, Sangoyaco, Mulato y sus afluentes La Taruca y La Katira; situación idéntica que supera la ocurrida hace poco en el Perú o Ecuador, con índices de pluviosidad inesperados no reportados en las últimas décadas, al punto que la ciudad se declaró en estado de calamidad pública.

Para nadie es secreto que los impactos del cambio climático son complejos y diversos en su intensidad, frecuencia y magnitud, al ser este uno de los retos del siglo a nivel global. Nuestro país, dada su ubicación y la ocurrencia de catástrofes asociadas al clima, es vulnerable a sus impactos, por lo que si bien es cierto, se han adelantado acciones para mitigarlo, deberán concretarse acciones para diseñar procesos y ajustar los planes de prevención y atención de emergencias actuales, como estrategia de adaptación al cambio climático.

No hacerlo, puede repetir la tragedia que en Mocoa, hoy nos conmociona, por lo que el uso inadecuado de los suelos para ganadería, la alta ocupación de las rondas y lechos de los ríos, la densa deforestación, el crecimiento de los cultivos ilícitos, así como los asentamientos humanos en zonas de riesgo, agravan la vulnerabilidad de quienes se ubican allí y en otros lugares de nuestra geografía nacional con riesgos idénticos.

El desarrollo humano en comunidades pobres y vulnerables, como las de Mocoa, demanda entonces un nuevo modelo de desarrollo sostenible, que con visión de largo plazo, detone cambios profundos que armonicen las prácticas de los humanos en los territorios que habitan, para disminuir la vulnerabilidad, empoderar a las comunidades para sortear estos eventos y así, superar inequidades y brechas sociales. En esta línea, hay mucho por hacer.

A la fecha el municipio de Mocoa, no tiene su Plan de Ordenamiento Territorial, actualizado; además, desde 1989, el Instituto Colombiano de Hidrología, Meteorología y Adecuación de Tierras, HIMAT, hizo recomendaciones preventivas para evitar el desbordamiento del Río Mulato, y el año anterior, Corpoamazonía y la Gobernación del Putumayo tras unos estudios de modelamiento, detonaron alertas frente a la posibilidad de registrar eventos como el ocurrido.

Ojalá el proceso de atención humanitaria y reconstrucción, avalado ya con ayudas como la del Banco Interamericano de Desarrollo, BID, (200 mil dólares – $574 millones de pesos colombianos), Gobierno Chino (1 millón de dólares), Cruz Roja China, (100.000 dólares), Claro Colombia (recaudo de recursos mediante mensajes de texto), ente otras, sea efectivo y de total conocimiento de todas las entidades que se involucren, de tal forma que se cuente con un engranaje institucional que detone la gobernanza y responsabilidad de los gobiernos locales, para habilitar los mecanismos de alerta y prevención requeridos, ajustar las normas de ordenamiento territorial y en esa lógica, dotar a la ciudad de la infraestructura que ahora tras la devastación, requiere para lograr su reactivación económica: acueducto, subestaciones de energía, hospitales, viviendas, vías, puentes.

#TodosSomosMocoa.

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