Solidaridad convocante

“…un desastre es una ruptura, es una especie de muerte en la que nace una nueva persona con una nueva relación en un nuevo territorio”. Gustavo Wilches

Algunos acontecimientos políticos en América Latina, como el terrorismo de Estado que soportó el Cono Sur, o causados por desastres de la naturaleza, como la reciente hecatombe de Colombia y Perú  y la violencia en nuestro propio país, nos conducen a racionalizar el dolor de la otredad.

En sus espacios la memoria social permite preservar valores o expulsarlos, cohesionar formas de acción o disgregarlas y sentir la solidaridad o el abandono.

Son momentos que como en la avalancha de Mocoa nos llevan a recordar a Silvio Villegas: “El dolor es una camino hacia la liberación”, y perpetuar a  Concepción Arenal, la española que con singular acierto nos dijo: “El dolor es la dignidad de la desgracia”.

Henry Thoreau fue más allá cuando expresó: “En mi casa tengo tres sillas; una para la soledad, otra para la amistad, y una tercera para la sociedad.

Volvemos a Silvio Villegas, quien recibió el influjo de Guillermo Valencia, “mísero can hermano de los parias”, exalta el dolor, fortalece la vida y rescata el sufrimiento como si fuera una conmoción liberadora sobreviviente de la perplejidad.

Infortunadamente, agudos enfrentamientos ideológicos sobre la realidad colombiana no han permitido abordar las tragedias políticas y ambientales con ecuanimidad, así como la guerra, categoría de la imbecilidad humana, transversalidazada por el poder, y los infortunios, como el terremoto de Popayán, el alud de Armero, la desaparición de Tóez, entre otros, que han agotado el tiempo en querellas infecundas, antes que en procesos de duelo, catarsis y reparación.

Acudimos a Hana Arent para entender el sufrimiento humano, quizá porque su piel sintió los horrores de dos guerras mundiales y supo lo que significó la destrucción masiva, la ruina y el desastre.

Abordar el sentimiento del dolor no ha sido fácil, Martha López nos sitúa en el Siglo XX, nos lleva de la mano de Arent  y nos indica que “El dolor es el único sentido interno encontrado por la introspección que puede rivalizar independientemente de los objetos experimentados, con la evidente certeza del procedimiento lógico y matemático”, nos obliga a enfrentar de lleno en la indiferencia, la irrepetible especificidad de lo que somos y de la que vivimos”.

Con ese presupuesto moral, la socióloga Martha López, nos ayuda a entender que la clase social a la cual pertenecemos, la hegemonía  cultural imperante y nuestra manera de entender el mundo marcan sensiblemente nuestra vida relacional, cobrando valor el aserto de Karl Marx al descubrir que es el ser social el que determina la conciencia y no la conciencia la que determina el ser social.

Inmersos en una sociedad donde el sistema productivo enajena el conocimiento y delimita la forma de pensar, enfrentamos las pérdidas, ausencias y separaciones sin entender, muchas veces, que el dolor responde a etiquetas artificiales,  que en ocasiones somos insensibles al sacrificio del otro, nos comprometemos o no con su padecimiento, somos conscientes de sus dolencias o nos mantenemos indiferentes.

Es allí donde aparece el territorio como topografía del dolor, que toma el nombre de ciudad, pueblo, vereda o comarca, incrustado entrañablemente  en nuestras devociones y que suele perderse irracional o abruptamente, pero que pervive librando un rol sustancial en nuestras vidas.

Territorio que como sujeto comunitario nos recompensa con sus redes afectuosas y de reconocimientos, donde viven las creencias populares, la herencia social, los mitos colectivos y que al disolverse por la guerra o por las eclosiones de la naturaleza, su pérdida es equivalente a la muerte.

Su despojo fúnebre, impuesto por la fuerza política o la furia de los ecosistemas, nos hace recordar a Margarita Youcenar:

“No puede construirse una felicidad sino sobre los cimientos de una desesperación. Creo que voy a ponerme a construir”.

Desde esa perspectiva, ante el derrumbe de un pueblo y el vacío de su muerte,  la solidaridad es el escalón más alto de la dignidad humana y nos permite construir y reconstruir el sentimiento de comunidad y   Nación, aunque pareciera que hemos perdido el compañerismo en los laberintos del mercado, tanto que el desarraigo social se impone como ley.

No es saludable, en estas condiciones, privilegiar discusiones políticas sobre la desgracia.

 ¿Acaso vivimos en tiempos de barbarie crónica, somos seres insensibles, violentos y despiadados?

No se equivocaron Marx y Engels cuando invocaron la filosofía marxista como esencia de  todos los humanismos, tiempos en que como ahora  existía un idealismo contemplativo y los creyentes píos  predicaban estratégicamente la resignación y el conformismo.

Antígona tiene el deber sagrado de enterrar a su hermano muerto. No basta la solidaridad espiritual, hace falta el pan generoso que comprometa y hermane la existencia, ya tendremos escenarios políticos para la controversia creadora. Tiempos de reflexión. Hasta pronto.

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