El regalo despojado del valor idolátrico de la mercancia

“Su historia se remonta a la época en que los seres primitivos intercambiaban la hoja de un árbol, una flor, un pedazo de carne, una presa salvaje, un muslo de elefante”

Mateo Malahora
Se acerca siciembre, mes en que el regalo es símbolo de afecto, mes donde productores y consumidores no son “neutros”, donde el juego del intercambio parece estar por fuera de la producción.

Allí el amor esconde la asimétrica explotación del trabajo, donde la brillantez del obsequio oculta la complejidad transnacional que domina al mundo.

Sin embargo, la centralidad del sujeto gira en torno a la ofrenda, como una expresión de afecto, no importa que la dádiva haya sido permeada por el interés puramente mercantil y la gama del esplendor, haga del “dar y recibir” un balance eminentemente monetario.

En el plano de las relaciones interpersonales el regalo expande la alegría de ser y de vivir, obra como un dispositivo que amplia o profundiza el amor o la amistad y hace que los sujetos crean en la sociedad donde soportan o construyen espacios solidarios.

Estandarizados como está el regalo por el código de  barras no ha logrado eliminar el componente espiritual que ampara la envoltura del aprecio.

Es evidente que el regalo no puede ser reprobado simplemente como un objeto económico ni como un indicador de la sociedad del consumo; su naturaleza encierra la socialidad pensada y la empatía estética de sabernos juntos.

Su historia se remonta a la época en que los seres primitivos intercambiaban la hoja de un árbol, una flor, un pedazo de carne, una presa salvaje, un muslo de elefante o una fruta, cuando al expresar  de Zygmund Bauman comenzaba “el juego brujo del amor”.

Aparece como una primigenia forma de afianzar la comunicación, impulsar la sensorialidad naciente, transgredir la soledad y alcanzar las orillas de un placer superior, todo en una gama sensitiva capaz proporcionar halago y reconocimiento en el otro.

Probablemente el regalo tenga raíces en todas las sociedades humanas como una expresión estética de humanización y, en ningún momento de la historia, ha sido considerado como un recurso para encubrir las miserias del espíritu.

Caídos los grandes paradigmas políticos, el universo de los saberes y conocimientos, las verdades cognitivas, los presupuestos morales y epistémicos y las cínicas relaciones de los poderes dominantes, el regalo conserva la subjetividad seductora y continúa siendo fascinante y placentero.

Podrán demolerse todas las creencias  epistemológicas que tengamos y terminarse las lógicas de todas las lógicas, pero presenciar las manos con un regalo que viene hacia  nosotros no pertenece a las escenas de La insoportable levedad del ser o al nihilismo.

En las sociedades marxistas, donde se suponía el  arribo del ciudadano a un estadio superior, donde el saber y la ciencia lo llevaría a horizontes de suprema  la lucidez, el regalo no perdió sentido ni hubo sobre su condición un pensamiento crítico y censurable.

Revisada su presencia desde las cuevas arqueológicas hasta nuestro posmodernismo, el regalo ha resistido a la turbulencia y movilidad de casi todo; ni aún en nuestra época, donde el consumismo compulsivo es una forma de comportamiento no ha logrado insertarlo en la sociedad del bagazo, la inmoralidad y el sobrante.

Cualquiera que sea la centralidad del pensamiento, el dislocamiento de la razón dialéctica, el regalo no ha perdido el núcleo del sentimiento que conlleva; su naturaleza basada en la estatura moral del aprecio no ha sido eclipsada, salvo que es repudiable regalar las riquezas de los países y orientar con él las aristas de la justicia.

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