Es el sistema, estúpido…

Mateo Malahora

Con frecuencia se observan agudos pronunciamientos en torno a los conflictos y problemas de nuestra sociedad, que ofrecen la  impresión de haber dado certeros cuestionamientos contra las personas o instituciones que los causaron.

Políticos, politólogos, columnistas y comentaristas tratan los episodios o escenas cuestionados con una candidez que justifica su militancia política con el modelo que cuestionan. Se quedan en la crítica de la razón instrumental.

De otro lado, durante décadas el marxismo, que fuera contestario del idealismo burgués, fue utilizado de manera manualesca, apartándose de su metodología fundante. No fuimos ajenos a ese discurso que experimentó la Unión Soviética.

En ese escenario colombiano las reglas estatales del poder, que corresponden a una democracia vigilada, han colapsado estrepitosamente y se sostienen por la dinámicas que genera el modelo neoliberal dominante.

Sin embargo, desde diversos ángulos filosóficos y económicos se observa tímidamente que los patrones y esquemas que nos gobiernan no son los más adecuados y necesitan renovación plena.

Indigna ver que en el mapa de nuestra sociedad aparecen guerras, corrupción,  asaltos al erario público, de valores incalculables, violencia contra la mujer y utilización de niños en las trincheras, que nos estremecen.

Desde la cumbre de la libertad y el orden vemos el panorama como si fuera un problema de laxitud gubernamental, sin entender que la descomposición ética y política no desaparecerá hasta tanto el modelo económico no haya sido  vigorosamente reformado.

Una mirada al paisaje nos conduce a parafrasear a Clinton, “¡es el sistema, estúpido!”, pues es en el fondo del fango donde se mueven intereses que han hecho del dinero un fetiche que suele adquirirse fraudulentamente para comprar la felicidad individual o familiar.

Pretender que con terapias del capitalismo salvaje se logre la sanación del paciente es un desconocimiento sistémico de los tejidos y órganos que nacieron tumefactos.

De igual manera, observamos que los nuevos actores no son  bienvenidos por la partidocracia, sobran sus demandas sociales, priman los escamoteos del juego del poder. Para ponerlo fácil, no hay intencionalidad para cohabitar políticamente con los  adversarios.

Atribuir a las autoridades, de cualquier rango, todas las dolamas de la sociedad, es formular una crítica engañosa, desconociendo, cándidamente, que el poder no está solamente en los gobernantes, los parlamentarios, los ministros y el príncipe. Los tejidos del poder son más amplios.

La estocada mortífera, pero no por ello letal, propinada a nuestro país tiene origen en el capitalismo universal, y bien vale recordar que “…el capital vino al mundo chorreando sangre y lodo, desde la cabeza hasta los pies, por todos los poros…” y acumuló no solo capital sino conductas corruptas, vulgares e inmorales, como lo expresa la premisa.

Y, como en las épocas de los grandes cambios universales, no estamos ni doblando las esquina del fin de la modernidad; víctimas como somos de la perplejidad quisiéramos escuchar, en medio de la turbulencia y la movilidad de casi todo, las flautas de la salvación ética y estética pero, como lo hemos afirmado, no estamos ni llegando a la esquina.

Si queremos hablar sinceramente de cambio hay que comenzar por cambiar de paradigma, desmantelar los estímulos que produce la delincuencia, porque el orden vigente es un desorden que  promociona y fomenta la ambición desmedida.

Tiempos hubo en que la justicia era divina, el derecho era divino, la moral era divina, las reglas sociales eran divinas, el conocimiento era divino y se llegó  a entender que el derecho no era obras de los dioses sino del resultado de las relaciones sociales entre los hombres, relaciones que en nuestra nación guardan distancia profundas, si tenemos en cuenta que las mayorías viven por debajo de los niveles de pobreza.

No se trata de parar de un tajo el neoliberalismo, eso equivaldría a frenar en seco un automóvil conducido a velocidades supersónicas, pero es evidente que la cultura del consumo es un despeñadero, valga pensar en diciembre, mes que exige llenar con más cosas el vacío del ser y de contera incrementa la violencia en sectores que  quieren tener lo que no pueden alcanzar. En las cárceles habrá más presos en Navidad y Año Nuevo.

Vemos, de igual manera, que la salud está ligada a lo económico y lo político y podemos apreciar que en los países desarrollados, donde tienen su sede las corporaciones farmacéuticas, la salud es óptima, porque depende de las enfermedades en los países pobres. La Corte Constitucional lo confirma, al dar vía libre para remitir los enfermos críticos a países desarrollados. ( Sentencia T-613/12)

Mientras tanto nuestros prohombres, nobles y patricios siguen dejando a un lado a enormes contingentes de seres humanos, no solamente mediante las leyes si no por la materialidad de la existencia, pues a cada iniciativa que pretende beneficiar a los de abajo le tuercen el pescuezo, como a los pavos navideños. Hasta pronto.

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