Postulación de mujeres y hombres libres

Mateo Malahora

La luz del Año Nuevo empieza a llegar lentamente, se posa en una esquina del Año Viejo,  levanta las sombras y funda nuevos horizontes, que los placeres luminarios de diciembre tallan con fraternidad.

Quizá nos espera una sociedad sin desafíos y provocaciones, como lo deseamos, para que la vida sea una afirmación donde la muerte no tenga nada que llevarse por la vía de la violencia.

Con retazos de solidaridad, amor y justicia social, tenemos que denunciar y disolver la inmolación, el odio y el resentimiento que todavía reside en el portafolio de todos los credos. Fue una guerra estúpida. Todas las guerras son estúpidas.

Olvidar que la desigualdad es causada por procesos de dominación sería una candidez, y no es con modelos democráticos viejos sino con modelos democráticos nuevos como  podemos darle un nuevo rumbo a nuestra “democracia vigilada”, de la que nos ufanamos es independiente y soberana.

Hacernos los distraídos en el momento histórico que vivimos resulta muy caro y no es bueno dormir de tragedia en tragedia y de simulacro en simulacro en los mullidos colchones del reino de la astucia, la perfidia y la mentira.  El espacio de las instituciones, probado está, se puede cambiar.

Frente a la partidocracia orgánica, que aduce con gran habilidad, la protección social, no es utópica la postulación de mujeres y hombres libres, no amaestrados por el poder.

Somos pueblos irredentos, con máscaras de independencia, y aceptamos que la lógica de los intereses parciales sea presentada como la lógica del interés general. Qué infundio.

Continuar a mitad de camino, entre la economía salvaje y las engañosas ofertas del Estado, puede llevarnos al caos y dejar todo a merced de la soberanía del mercado nos puede conducir de la pobreza de la democracia que exhibimos a la indigencia democrática, que no podrá, por más elecciones que haya, agenciar exitosamente lo intereses públicos.

¿Somos un país en democracia porque hacemos elecciones? Juan Jacobo Rousseau debe estremecerse en la tumba del Panteón de Paris.

En el ambiente político colombiano parece fundarse una nueva época, los cimientos del establecimiento están deteriorados, nuevas racionalidades políticas ofrecen sacudirnos de la indiferencia y las propuestas con que se pretende reeditar el modelo no son las que el país necesita.

Largas décadas perdidas, lánguidos resultados, excepto para los conglomerados económicos, crecimiento nulo y averiado crecimiento social.

Un año de guerra fue equivalente diez años de atraso, y la paz no puede tomarse como un cliché para salir del paso. Fueron sesenta años de guerra. A paso de tortuga necesitaríamos seiscientos años para que un documento dejado en una botella diga: “Hemos terminado el postconflicto”.

Severo drama el que vive Colombia, las instituciones son generadores de exclusión y el sistema económico es todo un entramando con inmensas maquinarias donde todo vale, como ocurre con la corrupción.

El ciudadano que se cree moderno vive en la era del vacío, sus referentes son los de buscarse un puesto y  sobrevivir en un partido, porque las propuestas de incorporarse a los cambios que el país necesita se han evaporado.

Y no es su acomodación social y política deliberada, un esquematismo cultural así lo ha formado, un desarrollismo insípido y anodino se ha impuesto, como se impuso en varios países la izquierda manualesca,  orientada por alucinados, con los resultados conocidos.

No hablemos de cifras: “mamá, dónde están los juguetes”, siguen esperando en la pobreza absoluta, mientras también se invita a los niños a desmovilizar los odios que nunca los conocieron.

Las angelicales propuestas del poder oficial han sido un fiasco, hundidas en un subdesarrollo que sigue sosteniendo la misma línea en la dicotomía del Norte y el Sur, manejando una ficticia y aparente independencia, como la de alejarse de la embajada en Jerusalén.

Subordinados vivimos al capitalismo mundial, que captura sin armas los mercados, -sin disparar un solo tiro-, materias primas, los recursos financieros del país y nos entrega un trabajo depauperado cada día.

Somos países desplazados, como José y María llegando a territorio romano desde Palestina.

La vieja polaridad sigue funcionando y el Primer Mundo está jalonando la carrera del desarrollo con una ventaja enorme.

Mientras tanto digámosle a Santa Claus que hemos cantado “Tutaina tuturuma, tuturumanina”, que al menos nos otorga el consuelo religioso de sentir la unidad nacional.

Esta columna aparecerá en febrero, Buenos tiempos y Feliz Año para mis generosas y generosos lectores. Buenos tiempos. Hasta pronto.

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